El silencio en la celda se había vuelto un enemigo tangible. Eva estaba acurrucada en un rincón de la piedra húmeda, abrazándose las piernas con tanta fuerza que sus rodillas heridas manchaban de rojo los jirones de su vestido. Sus lágrimas ya salían con gritos sino de forma silenciosa se iban deslizando por sus mejillas al mismo tiempo en que se sorbía la nariz.
En esa oscuridad absoluta su mente se convirtió en una sala de proyecciones donde solo se repetían sus errores.
— ¿Por qué lo hice? —