93.

El sol de la mañana iluminaba la fachada de la mansión Falcó, que por fin volvía a ser mi hogar bajo mis propias reglas.

El movimiento de los camiones de mudanza y el ir y venir de los trabajadores le daban una vida que la casa había perdido hace años.

Alejandro estaba comportándose como un guardián incansable. Cada vez que yo intentaba levantar una caja, por pequeña que fuera, él aparecía de la nada con una sonrisa protectora pero firme.

— Ni se te ocurra, Ámber — me dijo tomándome suavemente
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