92.

El silencio del consultorio médico me resultaba mucho más pesado que el ruido de la junta directiva.

Alejandro estaba sentado a mi lado apretando mi mano, el doctor acababa de decirnos que mis signos vitales estaban estables y que el desmayo se debía a una "sobrecarga de estrés" y agotamiento extremo.

— Tienes que descansar, Ámber — me dijo Alejandro, dándome un beso en la frente — Te lo advertí. Tu cuerpo no es de hierro.

Él sonrió visiblemente aliviado. Sin embargo yo no podía apartar la vist
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