94.

El pañuelo ahora pesaba toneladas en mi mano envuelto cuidadosamente en una bolsa de plástico sellada. No era solo un trozo de tela, era el arma del crimen que cometieron contra nosotros.

— Envíalo al laboratorio privado de confianza — le dije a Alejandro mientras volvíamos en el coche, con el motor rugiendo en la noche — Necesitamos una revisión toxicológica completa. Si hay algo ahí, tenemos que saberlo antes de que ella mueva su siguiente pieza.

Alejandro asentía, apretando el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Se veía agotado, no por el esfuerzo físico de habernos infiltrado en la mansión Rivera, sino por la carga moral que arrastraba.

— Es una suerte que el pañuelo todavía haya estado dentro de ese auto. — comentó con voz ronca — Mi padre es un hombre que cambia de auto como cambiar de ropa, seguramente ha estado usando el sedán nuevo y dejó este guardado por semanas. Si no ese pañuelo habría terminado en la basura hace mucho tiempo.

Se quedó en silencio
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