55.

— No puedo dejar de pensar en ti — confesó, inclinándose hasta que su aliento caliente rozó mi oreja —. En cómo te muerdes el labio cuando estás nerviosa. En cómo se te ponen duros los pezones cuando te miro. — Su voz bajó a un susurro casi inaudible—. En lo mojada que debes estar ahora mismo.

Un escalofrío me recorrió la espalda, terminando en un espasmo entre las piernas. Maldito hijo de puta. Sabía exactamente qué decir para desarmarme. Sus palabras eran como caricias, sucias y honestas, y m
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