47.

Mi descenso fue rápido y doloroso. Mis manos, ya magulladas, se quemaban con la fricción. Creí haber calculado bien la longitud, pero la ropa, al estirarse y apretarse, resultó ser engañosamente corta.

Sin embargo pronto me encuentro con el final de la cuerda de tela sin llegar al suelo. Aún me faltaban unos tres metros para tocar tierra. Era demasiado lejos para saltar sin riesgo de una fractura grave.

— ¡Maldición! — Maldije en voz baja, la frustración me inundó.

Quedé colgando, inmóvil. La f
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