40.
Todo mi mundo se había reducido al calor del cuerpo de Alejandro apretado contra el mío, a la forma en que sus manos me agarraron la cintura con una urgencia que me hizo arquear la espalda contra la barandilla de hierro forjado. Sus labios encontraron los míos en un beso que no era tierno ni dulce, sino hambriento, casi violento, como si lleváramos años sin tocarnos en lugar de las pocas horas que habíamos estado separados.
— Joder, Ámber — gruñó contra mi boca, su aliento caliente mezclándose