17.
La subasta era tan secreta que ni siquiera tenía nombre, solo coordenadas y una hora tardía. Era el terreno de juego de la élite que colecciona excesos y olvido.
—No te preocupes por tu peluca, Amber. La máscara lo cubre todo —me había dicho Alejandro, con ese tono casualmente dominante.
No llevaba mi cabello natural. Llevaba una peluca de un rojo veneciano que caía en cascada hasta mis hombros, un color que jamás usaría en público. Alejandro me había obligado a llevarla. Mi antifaz era sencil