18.

Alejandro me guio a través de la multitud, lejos de la luz tenue del salón principal. Nos deslizamos por un arco en sombra y entramos en un pasillo lateral vacío, un lugar olvidado y frío. Estábamos a solas.

— ¿Y ahora? — preguntó Alejandro, con la voz baja y expectante.

— Y ahora me vas a besar. Y tiene que ser decisivo.

Él no dudó. Sus ojos miel se clavaron en los míos. Su mano envolvió mi nuca y me acercó, rompiendo la poca distancia que nos separaba.

Me besó decisivamente.

Fue un beso inesp
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