El ambiente íntimo de la habitación, cargado del susurro de los recién nacidos y las voces bajas de los nuevos padres, se vio súbitamente invadido por un torbellino de emoción contenida. La puerta se abrió sin ceremonias, revelando a dos figuras que irradiaban ansiedad y alegría desbordante: la abuela Asper, con sus ojos vivaces brillando como estrellas y un ramo de flores silvestres temblando en sus manos, y Mary, con la compostura apenas sostenida, las manos entrelazadas sobre el pecho y los