—¡Asper!
Su nombre, pronunciado por su voz, con esa cadencia que solo él tenía, la atravesó como una descarga. Se estremeció, pero no se dio la vuelta. No podía. No quería enfrentar la verdad que Luis representaba. No al hombre que, con un solo beso, había logrado hacerla sentir como una mujer deseada y amada por primera vez en treinta largos y desoladores años.
Treinta años. Nadie lo sabía. Nadia sospechaba que su matrimonio con Charles Emer había sido la farsa más elaborada, una jaula de oro