La puerta del despacho se abrió para dar paso a Charles Emer. A pesar de la situación, llevaba puesta su arrogancia como una armadura. Su traje era impecable, pero su rostro estaba marcado por la tensión y un desprecio que no podía ocultar. Sus ojos barrieron la habitación, deteniéndose con desdén en Asper, luego en Jacob, y finalmente en Luis. Una sonrisa cínica y torcida se dibujó en sus labios.
— Vaya, vaya... una reunión familiar — soltó, su voz cargada de veneno. — Qué conmovedor. La espos