Había escapado a casa de sus padres, donde aún vivía. Se lamentaba de no haberse mudado antes a un piso propio; nunca creyó que lo necesitaría. Se suponía que se casaría con José y que juntos tendrían una vida feliz. Ese había sido siempre el objetivo.
Encerrada en su habitación, todavía con el vestido de novia puesto, liberó toda la tristeza y frustración en un mar de lágrimas. En cierto modo agradecía no haber comprado un móvil nuevo: así evitaba la tortura de ver fotos de una felicidad que a