Capítulo 50
La noche estaba tan silenciosa que Roma podía escuchar el latido de su propio corazón. Los niños dormían en su habitación como dos pequeñas constelaciones apagadas, arropados con sus mantas esponjosas y el calor que siempre dejaban tras un día lleno de risas, travesuras y cariño. Roma acababa de acomodarse en el borde de su cama, con un libro abierto, pero sin leer, cuando su teléfono vibró con un zumbido que atravesó la quietud. Ella miró la pantalla sin mucha expectativa, pero el