Epílogo
Había pasado cuatro años desde la boda de Magnus y Roma. Cuarto año en que Roma descubría cada día un castillo construido con risas, besos furtivos, noches peligrosamente apasionadas y días llenos de ternura al lado de la familia que había construido. Su vientre, ahora enorme y glorioso por tercera vez, se movía bajo la tela suave de su vestido mientras caminaba por la casa. En ese momento sintió a sus dos pequeñas guerreras las cuales crecían dentro de ella, reclamando su lugar en el mundo con pataditas firmes. Este era su tercer embarazo y traía gemelas; dos niñas que ya habían puesto a Magnus completamente de rodillas, al igual que su pequeño Erik de tres años.
— Detente ahí — gruñó Magnus desde el sofá, con los ojos brillando y las manos extendidas hacia ella — No camines sola. Vas a provocar que me dé un infarto con esa panza tan grande.
— Magnus… apenas estoy cruzando la sala. No seas exagerado — dijo Roma rondando los ojos mientras se sostenía la espalda.
— Mi amor, cr