El retumbar del reguetón atravesaba mi pecho como si fueran descargas eléctricas. El Wild Forest hervía entre luces verdes, rojas y violetas; humo artificial inundaba la pista donde cuerpos sudorosos se rozaban sin pudor. Afuera seguro pasaba la medianoche, pero adentro el tiempo se había convertido en un animal salvaje: jadeaba, rugía y me consumía.
—¡Salud, perraaa!
Iván chocó su vaso contra el mío y nos tragamos otro shot de tequila, de golpe. El ardor que me quemó la garganta, al principio