La respiración de Felicia era lenta, irregular, y cada segundo se convertía en un golpe contra mi pecho. La llevé hasta mi apartamento a toda prisa; necesitaba mantenerla a salvo. Apenas la deposité en mi cama, acomodé su cuerpo de medio lado y abrí el maletín que siempre guardaba para emergencias.
Le humedecí los labios, acomodé su cabeza, incluso le susurré palabras que jamás me atrevería a repetir en voz alta si estuviera consciente.
—No voy a dejarte sola, bonita.
Pero la espera era un infi