La luz del día se filtraba a través de mis párpados, pero la suavidad de la cama me seducía. No quería pararme. Sin embargo, justo por ese brillo abrí los ojos, alarmada.
¿Por qué Iván no vino a buscarme para correr?
Mi boca estaba reseca, la lengua pegajosa como si hubiera tragado arena. Jalé la sábana… ¿gris? Me cubría hasta el pecho y descubrí un parche transparente del que salía una manguera conectada a una bolsa de suero aplastada y vacía que colgaba de un soporte junto a la cama.
Barrí co