—Kevin… —apenas susurré.
Ni siquiera me miró al pasar hacia su armario. Lo llamé otra vez. La respuesta fue igual: un silencio más cortante que cualquier palabra. Un temblor me recorrió entera; quise acercarme, pero mis piernas no respondieron.
—Dúchate. El baño está ahí. —Se vistió con ropa de gimnasio sin mirarme—. Prepararé algo… supongo.
—Kevin…
Me entregó una toalla limpia. No dijo nada, pero sus ojos eran una tormenta, y mi pecho se contrajo.
—Usa cualquier cosa del armario. Tu mejor amig