Mundo de ficçãoIniciar sessãoAndruw Di´Marco.
Los malditos rayos de luz dándome directamente en la cara me obligaron a despertar.
Solté un gruñido mientras con un esfuerzo sobrehumano me levantaba hasta terminar sentado en la cama. Masaje mi cara hasta lograr despejar un poco el sueño y clave mi mirada en el enorme ventanal de mi habitación.
¿Acaso no le habían dado las jodidas instrucciones a la mucama de mantener la maldita cortina cerrada?
«La mucama»
La palabra me golpeó. Fue como si el simple pensamientos hubiese reactivado un millón recuerdos de la noche anterior: unos labios provocativos que había ansiado besar. El fantasma de unas manos delicada delineado cada musculo de mi cuerpo. Unos ojos claros observándome con tanta devoción que parecía irreal.
«Mierda»
Me gire, buscando la prueba tangible de que esa mujer era real y no solo una alucinación producto de las drogas que Melissa había puesto en mi bebida.
Nada.
El otro lado de la cama estaba vacío. Como si nunca hubiese sido ocupado, pero las sabanas revueltas y el leve rastro de sangre que manchaba el edredón contaban otra historia.
«Sangre»
M****a. Doble m****a. ¿La había lastimado? ¿Había sido demasiado brusco con esa mujer?
Lo que creí un recuerdo me golpeó de nueva cuenta: lágrimas, pequeñas y aparentemente insignificante, naciendo de esos ojos verdes que adornaban un rostro que no lograba recordar del todo.
«Ella era virgen»
La certeza me helo la sangre de la misma manera en que lo habría hecho un mal diagnóstico.
Me puse de pie, como impulsado por un resorte. Comencé a moverme por la habitación, buscando una nueva muda de ropa antes de dirigirme al baño a tomar una ducha veloz. Mientras me arreglaba, no podía sacarme a esa mujer de la cabeza.
Ella era real. Y tenía que encontrarla. De alguna manera tenía que recompensarla por lo que le había hecho.
Al terminar de vestirme me apresure a buscar mi billetera y las llaves de mi auto, fue entonces cuando un pequeño destello llamo mi atención, extendí la mano hacia el suelo, justo al lado de la cama, descansaba una cadena de oro, el dije de estrella del norte resplandecía cuando lo levante hacia la luz.
Esta era la prueba de que ella era real. Una cenicienta que había caído en mis manos y huido quizás antes del amanecer.
Guarde la cadena en el bolsillo interno de mi traje antes de abandonar la habitación. Dirigiéndome directamente hacia la única persona que podría darme las respuestas que necesitaba: Alicia.
La mujer se sobresaltó apenas me vio acercarme. La cara de horror que puso fue todo un poema,
— ¿A quién enviaste a limpiar mi penthouse anoche? — pregunté, sin preámbulos.
— Señor Di´Marco — Alicia tartamudeo, nerviosa — esa mujer no trabaja aquí. Ayer la estaba evaluando. No cumplió con los requisitos.
Fruncí el ceño. Tomándome un segundo para procesar lo que decía.
— ¿Estás diciendo que enviaste a una completa desconocida a mi departamento? — Alicia trago grueso, mientras se hundía más en su silla — ¿Siquiera sabes su nombre? ¿Dónde puedo encontrarla?
Apoye mi mano sobre el mostrador, Alicia dio un respingón en su lugar, aterrada. Estaba seguro que la desconocida me había dicho su nombre, pero no lograba recordarlo.
— No señor. No puedo proporcionarle la información que me pide.
— Dame una razón para no despedirte — dije, dedicándole una mirada asesina — primero: le das una oportunidad de empleo a alguien y no le tomas ningún dato. Dos: le ordenas encargarse de las oficinas más delicadas. Tres: no le das ningún tipo de seguimiento y esta se marcha como si nada.
— Perdóneme señor Di´Marco — la hice callar dándole una palmada al mostrador.
— Una disculpa no es suficiente. Necesito encontrarla. Ahora.
— Señor. ¿Esa mujer hizo algo mal? ¿Le robo? — supongo que Alicia quería entender porque mi insistencia en encontrar a esa mujer.
— Si, me robo algo y muy importante.
— ¿Puedo saber qué? ¡Llamare a la policía! — levantó el telefono, lista para marcar el número de la policía.
— No es su problema lo que esa mujer me robo — le arrebate el telefono de las manos impidiendo que llamara a la policía — ordene que los videos de seguridad me sean entregados. Me encargare de este asunto personalmente.
Alicia dudo, pero finalmente asintió. Sin esperar más di media vuelta, dirigiéndome hacia mi oficina con un solo objetivo en mente: tenía que encontrar a esta mujer. Costará lo que costará.
Lo que nunca imagine fue el tiempo que me tomaría cumplir esa promesa de encontrarla.
Más de un año
15 malditos meses.
456 días desde que esa mujer había desaparecido de mi cama como si no fuera más que un fantasma.
Y, aun así, yo seguía buscándola. Seguía sintiendo el peso de su cadena en el bolsillo interno de cada traje que usaba.
— Buen día, doctor Di´Marco.
— Doctor, la junta de accionistas espera su confirmación para la nueva ala de oncología.
— Doctor, ¿autoriza la programación de las cirugías de la próxima semana?
Asentí sin detenerme, mi paso firme atravesando el vestíbulo de la clínica mientras una estela de batas blancas y asistentes se arremolinaban a mi alrededor.
El mármol pulido reflejaba mi imagen como un espejo: traje a medida, corbata impecable, el cabello perfectamente peinado. La máscara del magnate arrogante, del cirujano que tenía una tasa de éxitos del 98%, del hombre que no necesitaba nada de nadie.
Dentro. El maldito vacío seguía ahí.
Las enfermeras se hacían a un lado con una mezcla de admiración y temor cuando pasaba. Los residentes bajaban la mirada. Las pacientes, y algunas doctoras; dejaban suspiros a mi paso. Lo sabía. Me daba igual.
Solo había una mirada que quería encontrar, y llevaba más de un año sin dar con ella.
Subí al ascensor y me permití cerrar los ojos por un segundo. El recuerdo de esos ojos verdes seguía atormentándome. Esa mezcla de miedo y devoción con la que me habían observado. Aun podía sentir el roce de sus labios, la forma en que su cuerpo tembló bajo el mío.
«Scarlett»
Su nombre resonó en mi cabeza de la misma forma en que lo había recordado hace tanto tiempo. Solo eso tenía: un nombre. Sin apellido, sin dirección.
Había hecho hasta lo imposible para encontrarla: había contratado investigadores. Había revisado cada Scarlett que trabajaba en servicios de limpieza en un radio de 50 metros. Nada. Era como si se la hubiese tragado la tierra.
Hasta ahora.
El ascensor apenas se había detenido cuando mi telefono vibro. Lo saque del bolsillo interior del saco, el mismo donde guardaba lo único que me quedaba de mi fantasma. Miré la pantalla: Alicia.
Alicia no llamaba nunca. No desde que la degradé a supervisora de turno nocturno como castigo por su incompetencia.
Fruncí el ceño y deslicé el dedo por la pantalla.
— Di´Marco — mi voz sonó cortante como siempre.
— Señor Di´Marco. Tiene que venir a la comisaria.
Me congele de inmediato. ¿Qué carajos había hecho esta mujer?
— ¿Qué ha pasado? — pregunté. Alicia trago saliva de forma audible.
— He encontrado a la ladrona, señor Di´Marco.
El mundo se redujo a esas palabras. Por fin la había encontrado y esta vez no la dejaría escapar.







