Capítulo 4: Cara a cara.

Scarlett Valenti.

El reloj ya marcaba las 6:15 de la mañana cuando el estruendo de mi celular sonando invadió el silencio sepulcral del autobús. Algunos pasajeros me miraron con desprecio por interrumpir el descanso que habían logrado obtener durante el viaje.

Murmure unas palabras de disculpa mientras, con dificultad, rebuscaba en la pañalera hasta encontrar el ruidoso aparato. Mi corazón dio un vuelco cuando vi en la pantalla vibrar el nombre de Consuelo.

— Consuelo, buen día — salude, manteniendo mi voz en un tono bajo para no molestar a los demás.

— Buen día, Scarlett. No te tengo buenas noticias — respondió la voz del otro lado de la línea— el personal de la guardería está enfermo. Un virus nos ha atacado a todos y lo mejor es que no traigas a Liam. No queremos correr el riesgo de que se contagie.

«No. No. No. Esto no podía estarme pasando a mi»

— Entiendo, Consuelo. Gracias por avisarme — respondí mientras, por dentro, maldecía a quien quiera que estuviera conspirando en mi contra.

«Él no puede verlo»

El pensamiento atravesó mi mente mientras un escalofrío subía por mi espalda. El miedo instalándose en mis venas.

Si él veía a Liam… las preguntas comenzarían.

Si él descubría la verdad…

Agité la cabeza, incapaz de completar ese pensamiento. Deseando dar media vuelta y correr a encerrarme en mi habitación. El único lugar donde podía aislarme del mundo y mantener a mi pequeño a salvo.

Aunque en el fondo sabía que eso no era real. Que Andruw Di´Marco tenía el poder suficiente para arruinarme la vida y que ni siquiera el fin del mundo podría salvarme de su ira.

Estaba acabada. No había forma de librarme de esto.

Respire profundo. Intentando enterrar los pensamientos fatalistas mientras observaba la carita de mi hijo. Sus mejillas regordetas y sonrojadas. Sus largas pestañas negras que sabía custodiaban la prueba irrefutable de una verdad que yo solo deseaba enterrar.

Sabía que el sol no podía taparse con un dedo.

Liam era demasiado parecido a su padre como para no notarlo. Y sabía muy bien que ese parecido seria el que firmaría mí condena apenas nos cruzáramos con Andruw Di´Marco.

El resto del viaje lo pasé con la mirada fija en la ventanilla, sin ver nada realmente. Mi mente estaba perdida y cuando por fin estuve de pie frente a la mansión de este hombre que se convertiría en mi verdugo, un agujero negro pareció instalarse en mi interior, aparentemente listo para consumirme desde adentro.

Me arme de valor para tocar el timbre de la mansión. El reloj marcaba las 7 menos 5 de la mañana. La puerta se abrió y por un segundo mi corazón dio un vuelco del susto, temeroso de que quién abriera la puerta fuera el mismísimo demonio, pero en su lugar una mujer mayor me observó con ojos demasiado vivaces para su edad.

— Buen día. El señor Di´Marco me ordenó que estuviera aquí a las 7am — expliqué. La mujer no pronuncio palabra alguna. Sus ojos color ámbar permanecieron clavados en mí, aumentando esa terrible sensación de peligro que ya me recorría la espalda.

Me tensé cuando sus ojos se clavaron en el pequeño bulto entre mis brazos, la intensidad con que lo observo activo todas mis alertas.

— El señor no dijo que tenías un hijo — acuso y eso fue suficiente para que mi garganta se cerrara.

— Es que…

— Ahórrate las explicaciones — me cortó — Andruw tendrá sus razones para quererte aquí. Así que no importa si llegas con un ejército de mocosos. Sígueme, niña.

Dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el interior de la mansión. Me apresure a seguir sus pasos. Algo me decía que esta mujer no era muy amigable que digamos.

— En la habitación de servicio de la planta baja encontraras uniformes limpios. Toma uno de mucama y colócatelo. Andruw lo ordenó. Desconozco cuales serán tus funciones, estamos completos en cuanto al personal.

Hizo una pausa antes de girarse a señalarme con un dedo acusador.

— Pero todos tenemos una función en esta casa. Así que te cambias, tomas un plumero y te pones a hacer algo mientras Andruw despierta y da indicaciones sobre las tareas que vas a cumplir — señalo hacia Liam, quien ya comenzaba a removerse inquieto — dale desayuno a esa cosa y asegúrate de que no llore. El amo Andruw nunca toma descansos y hoy que por fin lo ha hecho no queremos que el llanto de un mocoso lo perturbe. ¿Entendido?

— Si, señora — me trague las ganas de decirle que mi hijo no era ninguna cosa.

— ¡Y ni se te ocurra robar nada! Alicia ya me reporto tu historial. Te estaré vigilando. Tenemos cámaras en cada habitación.

«Esa vieja bruja de Alicia»

Me limite a asentir y después de unos minutos de escrutinio, la mujer me dejo frente a la habitación de servicio. Cuando por fin desapareció sentí que pude respirar tranquila.

Me adentré en la habitación, acosté al bebé en la cama y procedí a cambiarme. Liam, que ya estaba completamente despierto, me observaba con esa expresión risueña mientras se llevaba las manos a la boca de forma juguetona.

— Príncipe de mami — me arrodille junto a la cama mientras lo ayudaba a sentarse — necesito que te portes mejor que nunca ¿sí? Mami tiene que lidiar con el ogro que la obligo a venir y por nada del mundo puede verte, bebé. Prometo que pronto regresaremos a casa y todo volverá a la normalidad.

Liam me miro como si realmente entendiera lo que le decía. Sentí mis ojos arder mientras las ganas de llorar me cerraban la garganta. Me limpie las lágrimas rebeldes y me obligue a aparentar una tranquilidad que no sentía.

Unos segundos después tomé a Liam y el plumero que la amargada mujer me había ordenado que tomara y me dirigí a la sala. Acomode a Liam con una manta sobre la afelpada alfombra, lejos de cualquier objeto que pudiera lastimarlo o arruinar, estaba comenzando con la etapa de gateo y sabía que si no tenía cuidado esto podía terminar en desastre.

Cuando estuve segura de que mi bebé estaba cómodo, comencé sacudir el polvo casi inexistente de las cosas que estaban a mi alrededor. Dividiendo mi atención entre lo que hacía y los besos que le lanzaba a mi bebé, quien soltaba pequeñas carcajadas de emoción cada vez que me enfocaba en él. No me atrevía a quitarle los ojos de encima.

— En 15 minutos el amo Andruw te recibirá en su despacho privado — la voz de la mujer me tomo por sorpresa, pegándome un susto de muerte y distrayéndome por un segundo.

— Hay señora, me asusto — dije, llevándome una mano hacia el pecho, donde mi corazón latía acelerado.

— Si no estuvieras tan distraída no te hubiese asustado — respondió, de forma despectiva mientras pasaba el dedo por el mueble que acaba de sacudir, supongo que buscando una muestra de polvo.

Su expresión me decía que no tenía como quejarse de mi trabajo. Se sacudió el dedo sin apartar esa mirada arrogante de mí.

— 15 minutos niña. Y te recomiendo que no lo hagas esperar. No es un hombre que gocé de mucha paciencia.

— Si, señora.

Me observó durante un minuto entero. Cuando por fin se dio la vuelta para marcharse, me miro por sobre su hombro y me dedico una sonrisa siniestra.

— Si yo fuera tú. Vigilaría mejor que está haciendo el mocosillo — advirtió y se marchó, soltando una risita seca.

Contuve el impulso de, en un gesto infantil, sacarle la lengua.

— No es un hombre que gocé de mucha paciencia — repetí con burla. Pero sus últimas palabras, su advertencia sobre Liam, resonaron en mi cabeza con la misma fuerza de una alarma sísmica. Me giré en el acto y sentí que mi corazón de detuvo al no ver a mi bebé en la manta sobre la alfombra donde lo había dejado.

Sentí que mi alma abandono mi cuerpo.

— ¡Liam! — lo llame, aterrada.

Por impulso me deje caer de rodillas, comenzando a moverme a gatas, rebuscando si se había metido debajo de alguna mesa, algún sofá o algo. ¡No lo encontraba!

Mi respiración se hizo pesada, presa del pánico de no saber dónde estaba mi bebé. Sentí que el mundo comenzaba a girar de forma violenta mientras las lágrimas comenzaban a brotar y un pitido ensordecedor se instalaba en mis oídos. ¡Lo había perdido! ¡Había perdido a mi bebé!

Y de pronto, en medio del caos y la desesperación que se había instalado en mi interior. Una voz masculina, profunda y electrizante, llego a mis oídos.

— ¿Buscas algo? — frente a mis ojos se instalaron un par de pantuflas oscuras y al levantar la mirada, me encontré con una vista que parecía completamente irreal: ahí, de pie, como un dios mirándome desde arriba, estaba Andruw Di´Marco.

Lo que me robo el aliento no fue su torso desnudo expuesto ante la luz fría de la sala, tampoco sus pantalones de pijama que colgaban peligrosamente bajo en su cadera. Sino que, entre sus brazos, recostado de su pecho como si siempre hubiese pertenecido ahí, estaba Liam. Y cuando los ojos fríos de Andruw se anclaron a los míos mi sangre pareció congelarse en mis venas.

«Lo sabe. Él lo sabe. Sabe que Liam es su hijo»

La certeza, fría y aterradora, se instaló en mi pecho. Y supe que, enfrentar al padre de mi hijo, era algo de lo que ya no podía escapar.

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