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La desesperación te puede llevar a cometer locuras.
— Por favor. Se lo ruego. Puedo trabajar de lo que sea, solo deme una oportunidad, por favor ¿sí? — supliqué, siguiendo los pasos de la mujer de unos 40 años que me miraba de manera despectiva. Estaba desesperada, necesitaba encontrar trabajo de inmediato o mi padre me obligaría a volver al campo y me vendería al mejor postor.
Ya podía verme casada con un anciano de 70 años sin dientes, mientras este entregaba un par de gallinas y una vaca a mi madrastra. Sacudí la cabeza, intentando librarme de esa idea. ¡No podía permitir que me cambiaran por gallinas!
Escuché el suspiro pesado de la mujer, quien se froto el entrecejo mientras se quitaba los anteojos. La mire con mi mejor expresión lastimera.
— Bien — tomo la carpeta que le había entregado cuando llegue, comenzando a chequear mi hoja de vida — no tenemos plazas para residentes, ni asistentes médicos y mucho menos enfermeras.
Sentí que todas mis posibilidades acaban de esfumarse. La mujer cerró la carpeta con más fuerza de la necesaria, antes de señalarme con esta.
— Pero, en los pisos superiores, están las oficinas. Si puedes limpiar los 5 pisos de aquí a las 7 de la noche. El trabajo es tuyo. ¿Aceptas?
— ¡Acepto! — grite, sin medir mi tono de voz. La mujer me dedicó una mala mirada, me lleve las manos de inmediato a la boca, murmurando una disculpa.
— Sígueme — la mujer, que más tarde supe se llamaba Alicia. Me entrego la carpeta antes de guiarme hacia un armario de limpieza, de donde saco un uniforme que puso entre mis manos — el último piso pertenece al dueño de la clínica. Es un departamento donde descansa cuando tiene casos especiales que requieren de su máxima vigilancia. Ese lugar debe quedar impecable. ¡Y ni siquiera te atrevas a robar nada! Si lo haces el jefe lo sabrá y te arruinará la vida.
Colocó envases de productos de limpieza entre mis manos, sobre el uniforme que me había entregado. Luego se inclinó hacia mí, pretendiendo intimidarme.
— Dos horas, niña. Sino completas todo el trabajo en ese tiempo, no vuelvas a pisar ente lugar por el resto de tu vida. ¿Queda claro?
— Como el agua — respondí.
Alicia se señaló los ojos y luego me señalo a mí, en una clásica señal de “te vigilo”. Una vez que se marchó me apresure a colocarme el uniforme de mucama, el cual me quedaba al menos una talla grande.
Comencé por lo más fácil: la limpieza de las oficinas. Intentando hacer todo lo más rápido posible, aunque terminar 5 pisos en 2 horas era casi imposible, yo lo haría posible. Comencé barriendo los suelos y trapeando.
Faltando 30 minutos para las 7 pm, aborde el ascensor hacia el piso privado de la clínica. Alicia me había proporcionado el código de ingreso, el cual supuse cambiaban cada vez que cambiaban de mucama.
Las puertas del lugar se abrieron con un suave clip metálico y he de decir que lo que vi me robo el aliento.
¡Este lugar era enorme!
Me adentre acariciando los muebles de la entrada, hipnotizada por el lujo que me rodeaba. ¿Así que este era el tipo de éxito que te dejaba ser un médico famoso? Sentí una punzada de dolor golpear mi pecho, si tan solo hubiese logrado terminar la carrera, quizás mi futuro fuera tan brillante como este.
No pude evitar tomarme un segundo para deleitarme con la hermosa vista que regalaba la panorámica del fondo. El cielo ya había comenzado a oscurecerse y las estrellas ya adornaban el firmamento.
De pronto escuche el mismo clip metálico que había soltado la puerta al abrirse cuando llegue. Seguido de una voz masculina de alguien que parecía estar muy, muuuy enojado.
— ¡Lárgate de aquí! — el grito me hizo estremecer, por un momento pensé que iba dirigido a mí. Tarde un par de segundos en darme cuenta de que, en la puerta, de espalda a mí, se encontraba un hombre, alto y de apariencia imponente.
Frente a él, una despampanante pelirroja intentaba echarle los brazos encima.
— Me necesitas, lo sabes. ¿Quién mejor que yo para ayudarte con tu problemita? — pregunto la mujer, usando un tono meloso que me revolvió el estómago.
— ¡Ni toda la droga del mundo sería suficiente para lograr que volviera a ponerte las manos encima! ¡Lárgate de aquí, Melissa!
El hombre saco a la mujer a empujones, cerró la puerta con un sonoro golpe antes de recostarse de la madera.
Observe como se frotaba los ojos y se aflojaba la corbata. Ahora que lo miraba con más atención, aun bajo la voz tenue del lugar; note que estaba sudando y sus mejillas estaban enrojecidas.
Temblé cuando levanto la mirada y sus ojos, de un gris, turbio se encontraron con los míos. Mi corazón se saltó un latido antes de comenzar a latir desenfrenado. No supe que hacer, miré en varias direcciones buscando alguna salida. Algún escondite. No me quedo más remedio que permanecer ahí, de pie, sosteniendo mi plumero como si mi vida dependiera de ello.
— ¿Quién eres tú? — su voz fue ronca, profunda.
— Soy la mucama. Alicia me envió a limpiar el lugar — me sentí estúpida dando esta respuesta.
El hombre me miro por lo que pareció una eternidad. Luego avanzó hacia mí, sus pasos felinos, amenazantes. No fui capaz de apartar la mirada de él, ni siquiera cuando empecé a retroceder, sintiéndome amenazada.
Un jadeo escapo de mis labios cuando mi espalda chocó contra el cristal y el cuerpo del hombre se cernió sobre mí, acorralándome. Trague grueso cuando él apoyo uno de sus brazos en el cristal. Inclino su rostro hacia el mio, la cercanía era tal que nuestro aliento se mezclaba mientras sentía el roce fantasmal de sus labios sobre mi boca.
— ¿Cómo te llamas? — demando. Su voz un tono autoritario que no dejaba espacio para replicar.
— Scarlett — respondí en un susurro apenas audible.
— Scarlett — pronunció él, como si intentara saborear mi nombre, incluso note como su ceño se fruncía ligeramente antes de decir — soy Andruw. Andruw Di´Marco.
«Andruw Di´Marco» su nombre resonó en mi cabeza, reconociéndolo de inmediato. No fui capaz de pronunciar palabra alguna.
— Scarlett… necesito que me ayudes — declaró, moviendo ligeramente sus labios sobre los míos, un roce apenas perceptible, pero provocativo.
— ¿Mi ayuda? — pregunté. Intentando volver una con el cristal, esforzándome por poner distancia entre Andruw y yo.
— Si… tu ayuda — poso su pulgar sobre mi labio inferior, dejando una caricia que me dejo el aliento. Luego, lentamente, su mano se deslizó por mi cuello, marcando un camino sobre mi escote, desabrochando los primeros botones de mi uniforme, hasta perderse en mi cintura — con esto.
Sentí como sus dedos se cerraron sobre mi muñeca, guiando mi mano hasta la dureza entre sus piernas; tocándolo por sobre la tela. Mis majillas ardieron al entender lo que me pedía.
— ¿Puedes ayudarme? — su tonó se volvió un poco más bajo, más íntimo. Iba a negarme, a empujarlo, pero cuando sus ojos se cruzaron con los míos vi en ellos no solo el deseo que despertaba esa nube química que inundaba sus sentidos. Sino la vulnerabilidad de un hombre atrapado en algo que no puede controlar.
Asentí, apenas un movimiento sutil de cabeza que fue más que suficiente para despertar a la bestia que Andruw contenía. Sus labios asaltaron los míos, en un beso hambriento, necesitado. Sus manos se posaron en mi cintura, deslizándose hasta mis muslos, levantándome, obligándome a envolver las piernas en su cintura.
Lo que siguió fue una danza intensa de placer y deseo prohibido. La ropa termino en el suelo en un abrir y cerrar de ojos, sus caricias quemaban mi piel desnuda.
No hubo delicadeza y mucho menos amor. Solo el deseo primitivo que rugía en sus venas. Me tomo como nunca imagine que un hombre podría hacerlo. Y cuando los primeros rayos del amanecer se filtraron por los grandes ventanales nos encontró agotados. Él recostado boca abajo sobre la cama, profundamente dormido. Yo observando a este hombre que parecía sacado de un cuento de hadas.
Lo observe por unos segundos, cautivada por su perfección. Extendí una de mis manos para apartar un mechón de cabello de sobre su frente. Una sonrisa boba nació en mis labios, seguida de una punza de dolor que se extendió en mi pecho.
Sabía que esto estaba mal, que no podría volver a ocurrir. Andruw Di´Marco era un hombre prohibido para mí. Me incline depositando un suave beso en su mejilla, él ni siquiera lo noto.
— Hasta nunca, Andruw — me despedí antes de ponerme de pie y recoger mis cosas para salir de este lugar. Teniendo la certeza de que nuestros caminos nunca más se volverían a encontrar.
Lástima que el destino tenía otros planes.







