Un año después.
La primavera había llegado con fuerza a la Hacienda Los Olivos. Los olivares estaban en plena floración y el aire olía a azahar y tierra fértil.
Magdalena caminaba lentamente por el sendero que conducía al viejo olivo milenario, el mismo donde Rafael la había besado por primera vez después de nueve años. En sus brazos llevaba a Lucía, su hija de tres meses, que dormía plácidamente contra su pecho.
Rafael y Mateo caminaban a su lado. El niño, que ya tenía nueve años, llevaba una