Rafael y Magdalena se quedaron un largo rato abrazados bajo el viejo olivo, disfrutando del silencio solo roto por el canto de los pájaros y el suave susurro del viento entre las hojas plateadas.
—Nunca me cansaré de este lugar —murmuró Magdalena—. Aquí empezó todo… y aquí sigue todo.
Rafael la apretó más contra su pecho.
—Aquí empezó nuestro dolor, pero también nuestro amor. Este árbol ha sido testigo de nuestros peores y mejores momentos.
Magdalena levantó la mirada hacia él.
—¿Te arrepientes