Habían pasado tres semanas desde que tomaron la decisión de tenderle una trampa a Víctor.
La hacienda parecía haber recuperado una extraña calma. Los niños volvían a reír en los pasillos, los olivares seguían dando su fruto y Magdalena, ya con cinco meses de embarazo, empezaba a moverse con más dificultad pero con la misma determinación de siempre.
Sin embargo, Rafael sentía que algo no estaba bien.
La falta de respuesta de Víctor era demasiado sospechosa. Después de meses de ataques constantes