Seis meses después.
La hacienda Los Olivos nunca había lucido tan hermosa.
Los jardines estaban llenos de flores blancas y buganvillas moradas. Arcos de olivo y rosas adornaban el camino hacia el viejo invernadero, que había sido transformado en un altar improvisado para la ceremonia. Más de doscientas personas —familias importantes de Sevilla, trabajadores de la hacienda y algunos amigos cercanos— esperaban con emoción el momento.
Magdalena se miró por última vez en el espejo de su habitación.