El bosque parecía tragárselos mientras Magdalena luchaba por sostener el peso de Rafael. Cada paso era una agonía. La herida en su hombro sangraba profusamente, empapando la improvisada venda y goteando sobre la tierra húmeda.
—Rafael… quédate conmigo —suplicó ella con la voz rota, casi arrastrándolo—. Solo un poco más. La cabaña del molino está cerca.
Rafael respiraba con dificultad, el rostro pálido bajo la luz de la luna. Intentó sonreír, pero solo consiguió una mueca de dolor.
—No te preocu