La noche del ataque llegó más rápido de lo que esperaban.
Eran las once y media cuando el primer almacén del sur comenzó a arder. Las llamas se elevaron al cielo con una violencia aterradora, iluminando los olivares como si fuera de día. Los gritos de los hombres y el sonido de las campanas de alarma rompieron la tranquilidad de la hacienda.
—¡Fuego! ¡Fuego en los almacenes! —se escuchaba por todas partes.
Rafael, que estaba en el despacho revisando los últimos planes con Magdalena, levantó la