Llegaron a Ronda al atardecer del tercer día de huida, exhaustos, hambrientos y cubiertos de polvo y sangre seca.
La tía de Rafael, doña Isabel de la Torre, una mujer viuda de sesenta y dos años con carácter de hierro y mirada afilada, los recibió en la puerta trasera de su modesta pero sólida casa en las afueras del pueblo. No hizo preguntas innecesarias. Solo miró el estado de Rafael y dio órdenes precisas.
—Llevadlo al cuarto del fondo. María, hierve agua y trae mis agujas. Niños, adentro. N