sol aún no había salido por completo cuando Magdalena y Rafael salieron de la hacienda.
Ella iba montada sobre su yegua blanca, vestida con un traje de montar negro y una capa del mismo color que ocultaba parcialmente su rostro. Rafael cabalgaba a su lado sobre su imponente caballo negro, con la mirada fija en el horizonte y el revólver al alcance de la mano.
Ninguno de los dos había dormido.
El camino a Granada era largo y peligroso, especialmente después del intento de asesinato y la desapari