La mañana siguiente llegó envuelta en una tensión palpable. La hacienda Los Olivos parecía haber despertado bajo un manto de miedo tras el asesinato del trabajador. Los sirvientes hablaban en susurros y lanzaban miradas nerviosas hacia los olivares.
Magdalena apenas había dormido. La imagen del trabajador muerto y la nota ensangrentada no dejaban de repetirse en su mente. Pero lo que realmente la había mantenido despierta era el beso con Rafael y su promesa de proteger a Mateo.
Se vistió con un