En el bosque, bajo la sombra densa de los pinos, Emmanuel y Ezequiel se sentaron sobre un tronco caído, el aire fresco cargado con el olor a tierra húmeda y resina.
Sus rostros lucían tensos.
Habían dejado a Lois en la cabaña, no porque no la quisieran cerca, sino porque necesitaban hablar sin que ella los mirara con esos ojos nuevos, brillantes, que parecían atravesarlos. La semana había sido un torbellino, y ambos lo sentían: Lois no era la misma.
No necesariamente tenía que ser algo malo, pe