AIDAN
Mis muñecas duelen por las ataduras que me retienen en este rincón oscuro de la fortaleza. La piedra fría bajo mis pies descalzos succiona el calor de mi cuerpo, como si intentara robar lo poco que me queda de energía. El aire apesta a sangre y muerte, quizás también a mi propia desesperación, esa que no quiero dejar ver, pero que… conforme pasaron las horas solo fueron en aumento.
Las puertas rechinan. No necesito levantar la vista para saber quién es.
Enzo.
Camina con la arrogancia de