AIDAN
No sentí el frío al salir. Solo el ardor.
El que me quemaba por dentro desde que la dejé en esa cama.
Corríamos sin hablar.
Emmanuel, en su forma de lobo, avanzaba como un rayo.
Yo iba a su lado, esquivando ramas, raíces, sombras. Sus patas no hacían ruido sobre la tierra, pero yo sí. Podía sentir cómo el bosque se abría para él y se resistía a mí. Porque yo no era parte de ese mundo. Nunca lo fui.
Mi respiración era constante, profunda, aunque mi cuerpo aún ardía. No solo por el esfuerzo