Gemí en voz alta, mientras sus manos se mantenían fijas en mi cintura. Tenía que luchar con todas mis fuerzas para no terminar en el suelo, agotada. Sentía el sudor recorrerme entera, mientras mis piernas temblaban como gelatina. El dolor apenas y me dejaba respirar, pero tenía que ser fuerte.
Comenzó a faltarme el aire, por lo que pronto la habitación se llenó con mis jadeos y gemidos.
—Espera, duele.
—Sólo aguanta un poco más.
Aquel susurro bajo no logró calmarme.
Cerré los ojos, tratando de