Por razones que ni yo misma entendía del todo, le creí. Desde que lo conocí, él siempre estuvo tan atento a mí, protegiéndome de peligros que ni yo misma sabía que existían.
Dejé que me llevara. Sus manos repartían caricias en mis hombros, mientras caminaba a pequeños y titubeantes pasos. Escuché que abrió la puerta y noté el resplandor del sol sobre mi rostro. El calor se sintió reconfortante, pues el castillo solía estar a temperaturas demasiado bajas.
—Abre los ojos —ordenó.
Sus manos me aba