—Maldición, maldición, maldición —grité, comenzando a destruir todo lo que estaba a mi vista en esa maldita cabaña.
Los pedazos de madera volaron por los aires. Todo mi cuerpo temblaba del enojo, de la ira. Jamás me había sentido tan inútil. Jamás había sentido la desesperación de llegar tarde.
Pero sucedió. Ella estaba aquí y yo llegué demasiado tarde.
Grité una vez más, sintiéndome tan desesperado como nunca en mi vida. Mis manos temblaron y ni siquiera me importó actuar como un desquiciado f