La mañana amaneció con una quietud engañosa.
El silencio se extendía por toda la casa, apenas interrumpido por el trino de algún ave y el murmullo del viento colándose entre las cortinas. Los primeros rayos de sol pintaban de oro el borde de la cama cuando Valeria abrió los ojos.
Parpadeó un par de veces, desorientada.
La habitación estaba exactamente como la recordaba la noche anterior, solo por un detalle, en el sillón frente a la ventana, Noah dormía, con la cabeza apoyada en una almohada y