El motor del auto rugió bajo el pie de Noah, rompiendo el silencio que se había instalado entre ellos. Valeria, con la respiración errática, se aferraba al borde del asiento.
Las luces de la ciudad pasaban borrosas por la ventana, transformándose en una trampa de neón. Sentía que cada metro que avanzaban era una traición más, un paso hacia un abismo que no conocía.
—¡Noah, por favor! —explotó ella, con la voz quebrada por el pánico—. ¿Qué está pasando? ¿Adónde me llevas? ¿Quién era ese hombre?