El placer crecía otra vez, como una marea que retrocede para luego golpear con más fuerza. Valeria apenas podía pensar; todo su mundo se reducía al calor abrasador de la lengua y los dedos de Noah, a la forma en que la reclamaba como si nada más existiera.
—Noah… —jadeó, sus dedos se cerraron sobre las sábanas.
Él alzó la cabeza solo lo suficiente para clavar en ella esos ojos grises, con una sonrisa ladeada que parecía decirle aún no has visto nada. Y volvió a hundirse en su piel, más rápido,