El amanecer llegó con un viento frío que azotaba las paredes del cañón. Eva despertó sobresaltada, con la mochila aún abrazada contra su pecho. No recordaba haber cerrado los ojos, pero la fatiga la había vencido en algún momento.
Luca vigilaba desde lo alto de una roca, con la pistola lista. Marina dormía acurrucada bajo la manta, mientras Santiago afilaba un cuchillo con una calma inquietante.
Eva se incorporó lentamente. El silencio del desierto parecía demasiado profundo, como si estuviera