El sol caía a plomo sobre sus cabezas. El desierto se extendía como un océano de arena y piedra, sin sombra ni refugio. Cada paso levantaba polvo que se pegaba a la piel, a la ropa, a la garganta reseca.
Eva sentía los labios partidos, pero no soltaba la mochila ni un segundo. La carpeta, aunque pesada, era lo único que la mantenía en movimiento. “Vale más que mi vida”, pensaba, repitiéndolo como un mantra.
Luca caminaba a su lado, atento, buscando siempre el horizonte con mirada de cazador. Sa