La camioneta avanzaba por caminos secundarios hasta perder de vista las luces de Santa Esperanza. El humo de la fábrica destruida aún manchaba el cielo a lo lejos. Nadie hablaba. El silencio era un pacto involuntario entre los sobrevivientes de aquella noche.
Finalmente, Briggs condujo hasta una cabaña semidesierta en medio de un bosque bajo. Era una construcción modesta, de madera vieja y techo de chapa, pero lo suficientemente apartada para que nadie los encontrara fácilmente.
—Aquí estaremos