Los motores rugían cada vez más cerca. Eva podía sentir cómo las vibraciones recorrían el suelo de la cabaña. No eran simples camionetas: parecían vehículos militares.
—¿Cuántos vienen? —preguntó, con la voz quebrada.
Luca observó por una rendija en la ventana.
—Al menos cuatro camionetas… y no parecen del cartel.
Briggs se acercó y soltó una maldición.
—No son narcos. Son hombres del gobierno.
Santiago apretó los dientes.
—Ya lo suponía. La red no iba a dejar que la carpeta se nos quedara.
Eva