Los tres permanecieron en silencio, observando desde la rendija de la cortina. Los hombres de la camioneta negra hablaban entre sí, fumando, como si esperaran una señal. No llevaban uniformes, pero sus movimientos eran demasiado coordinados para ser improvisados.
—Cazarrecompensas —murmuró Briggs—. O matones contratados.
Luca apretó la mandíbula.
—Da lo mismo. No están aquí por casualidad.
Eva sintió un escalofrío, pero la periodista dentro de ella intentaba registrar cada detalle: la marca del