CAMILLA
Sus pies descalzos pisaban suavemente mientras se acercaba al balcón; sus delgados dedos se apretaron con fuerza alrededor del hierro dorado de la barandilla. Una mano acariciaba suavemente la curva de su vientre prominente, mientras sus ojos miraban hacia abajo.
Abajo, en el patio, podía ver cómo movían cajas y cómo un camión entraba en el recinto. Era su quinto trato esta semana; el dinero no dejaba de entrar.
“Rafael, estas chicas son de lo mejor que he traído hasta ahora.” La voz de