“Te ves hermosa, querida…”
La voz de Doris resonó detrás de Aria; su toque le envió una sensación de calma por todo el cuerpo. Sus manos trabajaban con pericia, alisando el fino tirante del sujetador de lencería sobre el hombro de Aria.
La tela se aferraba a su cuerpo como si dependiera de ella; el encaje negro con paneles transparentes que apenas cubrían sus pezones le recordaba que estaba siendo castigada.
El pecho de Aria subía y bajaba ligeramente; abrió la boca apenas para dejar escapar un