El pecho de Camilla se sacudía con cada aliento entrecortado; el dolor irradiaba por todo su cuerpo. La sangre aún bajaba por sus piernas, empapando el camisón que alguna vez fue blanco. Su recién nacida arrullaba suavemente, envuelta con fuerza en una manta delgada.
“Tienes que irte ahora, antes de que él regrese,” dijo Imelda, con la voz temblorosa a pesar de sus intentos por mantener la calma. Se movía con rapidez, juntando mantas sueltas para envolver aún más al bebé.
“Si se entera de que m