París amanecía con una neblina suave que se filtraba entre los cristales de la cocina del restaurante. El aroma a café recién molido se mezclaba con el leve perfume de vainilla que yo llevaba puesto desde la mañana. Mi delantal blanco ya tenía algunas manchas de masa y chocolate, pero eso no me importaba. Estaba en mi lugar, haciendo lo que amaba.
—¿Tienes lista la reducción de frutos rojos? —preguntó Pierre, el sous-chef.
—Casi —respondí, concentrada en el fuego.
Desde que Aleksander me había