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CAPÍTULO — Lo que Prometimos en Silencio
El hotel conservaba ese aura de refugio suspendido en el tiempo. Todo era casi idéntico a aquella primera vez, como si las paredes hubieran guardado el eco de sus pasos anteriores. Las mismas luces cálidas bañaban el pasillo con un tono ambarino, el mismo perfume discreto —una mezcla de flores frescas y limpieza— flotaba en el aire, y persistía esa vibración íntima, casi invisible, la seguridad de que algo definitivo estaba a punto de suceder.
Mía había llegado temprano, necesitando el silencio como quien necesita aire. Había dejado un ramo de flores sobre la mesa de luz, un gesto de vida en medio de una despedida inminente. Se quitó el saco, buscando alivio, pero el nudo que le apretaba el pecho no cedió. Caminó descalza sobre la alfombra espesa hasta llegar al ventanal. Afuera, la ciudad era un mapa de luces distantes, indiferente a todo.
Intentó grabarlo todo: el perfil de los edificios a lo lejos, el reflejo del vidrio, la temperatur