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CAPÍTULO — Lo que Prometimos en Silencio
El hotel conservaba ese aura de refugio suspendido en el tiempo. Todo era casi idéntico a aquella primera vez, como si las paredes hubieran guardado el eco de sus pasos anteriores. Las mismas luces cálidas bañaban el pasillo con un tono ambarino, el mismo perfume discreto —una mezcla de flores frescas y limpieza— flotaba en el aire, y persistía esa vibración íntima, casi invisible, la seguridad de que algo definitivo estaba a punto de suceder.
Mía